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 El mayor protagonismo de la más reciente sesión de nuestro taller le correspondió al coral BWV 298 “Dies sind die heil’gen Zehn Gebot” (“Estos son los sagrados Diez Mandamientos”). Se trata de una de esas obras de JS Bach al tirar de cuyos hilos surgen numerosas evocaciones en nuestra memoria. Basada en el himno “In Gottes Namen fahren wir” (“Avanzamos en el nombre de Dios”), de autoría comúnmente atribuida a Heinrich Finck (1444?-1527?) aunque se sabe aún anterior, cabe suponer que la obra llegaría a conocimiento de Bach tal como quedó incluida en el himnario de Erfurt (1524) con el texto adaptado por Lutero. Se trata de la única armonización a cuatro voces realizada por Bach relativa a este coral y ha llegado hasta nuestros días en la recopilación llevada a cabo por Carl Philip Emmanuel para Breitkopf tras la muerte de su padre. Sin embargo, este mismo cantus firmus sí fue objeto de repetido interés por parte de JS Bach en el preludio para órgano BWV 635 (Orgelbüchlein) y en el preludio y la fughetta BWV 678 y 679 (Clavier Übung III, nuestra actual materia de trabajo), además de incorporarlo entonado por una trompeta en diez apariciones del mismo (una por cada mandamiento) en el numero 1 de la cantata 77 “Du soll Gott, deinen Herren lieben” (“Amarás al Señor, tu Dios”).

Fragmentos de “EL MOISÉS DE MIGUEL ÁNGEL” (Sigmund Freud, 1914)

“…Otra de estas magnas y enigmáticas obras de arte es la estatua marmórea de Moisés, erigida por Miguel Ángel en la iglesia de San Pietro in Vincoli, de Roma y destinada originariamente por el artista al gigantesco monumento funerario que había de guardar los restos del soberano pontífice Julio II . Todo juicio laudatorio sobre esta obra de arte (por ejemplo, el de Hermann Grimm, según el cual es «la corona de la escultura moderna») me causa íntima satisfacción, pues ninguna otra escultura me ha producido jamás tan poderoso efecto. Cuantas veces he subido la empinada escalinata que conduce desde el feísimo Corso Cavour a la plaza solitaria, en la que se alza la abandonada iglesia, he intentado siempre sostener la mirada colérica del héroe bíblico, y en alguna ocasión me he deslizado temeroso fuera de la penumbra del interior, como si yo mismo perteneciera a aquellos a quienes fulminan sus ojos; a aquella chusma, incapaz de mantenerse fiel a convicción ninguna, que no quería esperar ni confiar, y se regocijaba ruidosamente al obtener de nuevo la ilusión del ídolo…” 

sepulcro Julio II

 “…Según el testimonio de la tradición, Moisés era un hombre iracundo y sujeto a bruscas explosiones de cólera. En uno de tales ataques de santa ira había dado muerte a un egipcio que maltrataba a un israelita, a consecuencia de lo cual tuvo que huir al desierto. Y en otra explosión análoga de afecto quebró contra el suelo las dos tablas que Dios mismo había escrito. Al informarnos de esos rasgos de carácter, la tradición es seguramente imparcial y ha conservado la impresión de una magna personalidad que existió un día. Pero Miguel Ángel ha puesto en el sepulcro de Julio II otro Moisés, superior al histórico o tradicional. Ha elaborado el tema de las tablas quebradas y no hace que las quiebre la cólera de Moisés, sino, por el contrario, que el temor de que las tablas se quiebren apacigüe tal cólera o, cuando menos, la inhiba en el camino hacia la acción. Con ello ha integrado algo nuevo y sobrehumano en la figura de Moisés, y la enorme masa corporal y la prodigiosa musculatura de la estatua son tan sólo un medio somático de expresión del más alto rendimiento psíquico posible a un hombre, del vencimiento de las propias pasiones en beneficio de una misión a la que se ha consagrado…”

Sigmund Freud

 “… Puede aún suscitarse la cuestión de cuáles fueron los motivos que actuaron en el artista para hacerle destinar el Moisés -y un Moisés así transformado- al sepulcro de Julio II. Se ha indicado repetidamente que tales motivos deben ser buscados en el carácter del Papa y en las relaciones de Miguel Ángel con él. Julio II era afín de Miguel Ángel en cuanto aspiraba a realizar algo magno. Era un hombre de acción, y conocemos cuál era el fin al que apuntaba: aspiraba a realizar la unidad de Italia bajo la soberanía del Papado. Lo que sólo varios golpes después hubo de ser logrado por la acción conjunta de varias potencias, quiso conseguirlo él solo en el corto espacio de tiempo y de soberanía que le era acordado, impacientemente y por medios violentos. Supo estimar a Miguel Ángel como a un igual, pero le hizo también sufrir muchas veces con su violencia y su desconsideración. El artista conocía también lo extremado de sus aspiraciones, y su naturaleza, profundamente reflexiva, le hizo quizá sospechar el fracaso al que ambos estaban condenados. Y así eligió su Moisés para el sepulcro del Papa como un reproche al difunto Pontífice y una admonición a sí mismo, elevándose con tal crítica por encima de su propia naturaleza…”